Los días en Stockton (basada en una historia real)

En algún día de marzo

A veces con calor, a veces con frío. Los días se pintan amarillos y radiantes,  y por la tarde, sombríos y grises. Las calles, los negocios y en general el lugar, tienen un tinte agradable. Cualquiera de los miles y diversos turistas que la visitan podrían pensar que es un lugar encantador, tal vez idóneo para vivir, de hecho -yo también lo creía y en realidad lo fue- lo fue ya hace algunas lunas. La manera de comenzar esta historia tropieza con algunos inconvenientes, el primero (y no por ello el último) implica hablar sobre mi llegada a este lugar que aunque está presente en mi memoria, es mejor no recordar; el segundo tiene que ver con el modo de relatar un historia todavía incierta hasta para mí. No es un secreto el que no sea la persona que mejor empleo  haga de las palabras, pero sí lo era -por lo menos hasta hoy- lo que atravesaba por mi mente.

De todos los días que había visto transcurrir aquí en Stockton, recuerdo uno en particular, uno en el que las cosas salieron de la cotidianidad de los días, de los dominios de la ciudad; un día en el que los encuentros se hicieron misteriosamente presentes. Puede que para algunos este hecho ocurrido aquí en Stockton sea de lo más simple e insignificante, sin embargo, para quienes habitamos aquí -para mí en especial- ha adquirido dimensiones anecdóticas. Persona, tras persona, tras persona, tras persona, todas de imprevisto, todas de sospechoso imprevisto. Es complejo tratar de comprender como las acciones tienen que coordinarse en tiempos precisos para provocar el encuentro de dos personas, es más complejo aún explicar cómo esta misma acción puede llegar a suscitarse más de una vez y finalmente el acontecimiento mismo puede llegar a parecer algo tan simple, tan insignificante, en el momento preciso de comunicarlo a otro; no importa, me niego a dejar de recordar ese memorable día, ese tan inusual día en que una hoja de papel viajaba a lo largo y ancho del cielo y de la cual nunca llegue a saber su destino.

 La última pieza del boleto

Una vez me llego el rumor de que existía una manera de salir de Stockton, aunque rumor, no desperdicie la oportunidad de hacer caso de él. El asunto consistía en contar con la fortuna de ganar un viaje que incluía una estancia fuera de la ciudad. Era cierto que hasta ese momento las cosas no me habían salido bien, así que viéndolo desde ese punto de vista no tenía nada que perder. Decidí participar e invertir cierta parte de mi capital para comprar un boleto de la fortuna. Para mi sorpresa -cosa jamás vista en otra parte-, aquí en Stockton no se acostumbraba vender los boletos de manera integral, lo que se acostumbraba era venderlos por partes hasta que uno lograba reunir todas las piezas por completo. No voy a negarlo, fueron días difíciles; sin embargo, la mañana en que logré reunir el último, la satisfacción fue única, ahora tenía un motivo para alegrarme el día al pensar que era potencialmente posible que yo llegará a salir de este lugar.

Las fiestas en Stockton

Desde que había llegado a este lugar, me había tocado participar en las fiestas más deprimentes de toda mi vida, ahora que lo pienso, tal vez uno o dos llegaron a ser la excepción, las demás no tuvieron salvación y a otras más, preferí no asistir. La última que recuerdo no estuvo mal y tampoco estuvo bien -típico de Stockton-, bueno, uno tiene que aprender a vivir en la resignación, de lo contrario se vuelve loco. La razón por la que asistía tenía que ver con el compromiso que mi persona adquirió para con otras, por lo demás hubiera preferido ser calificado -hasta por mi mismo- de ermitaño y no asistir nunca.  Tal vez lo era al no saber de qué hablar con la gente, tal vez la gente tampoco sabía de qué hablar conmigo. Lo que nunca podrán recriminarme es que yo no hiciera el esfuerzo, tal vez no muy constante ni muy preciso, pero esfuerzo al fin y al cabo. Las risas, la plática y la música me abrumaban.

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